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‘Pluribus’, la nueva serie de Apple TV+ del creador de ‘Breaking Bad’ que está arrasando

Pluribus, cuyos dos primeros capítulos ya están disponibles en Apple TV+, es, a primera vista, una distopía cínica. O aparenta serlo. Pero casi de inmediato, la serie demuestra que es imposible clasificarla de manera sencilla. Eso, gracias a que el creador Vince Gilligan, el arquitecto del drama moral moderno, cambia de química ilegal a metafísica emocional en un viaje retorcido. 

Esta vez, el colapso no se mide en cadáveres ni drogas, sino en un súbito virus de felicidad que arrasa con la Tierra. Todos sonríen, menos Carol Sturka (Rhea Seehorn), una novelista cínica que escribe romances mediocres y que, irónicamente, es la única que no puede disfrutar de su propio final feliz. Mientras el planeta se rinde al júbilo, ella resiste. No por heroísmo, sino por una especie de incapacidad existencial.

El punto de partida es sencillo y a la vez demencial: un evento inexplicable transforma a la humanidad en una masa satisfecha. El caos, esta vez, se esconde detrás de la calma. Lo apocalíptico se vuelve cotidiano, con un tono de comedia triste que Gilligan maneja con habilidad, pero sin perder su trasfondo retorcido. Desde su primer episodio, Pluribus promete un desastre global, pero lo entrega envuelto en serenidad. Es el tipo de ironía que recuerda por qué el autor de Breaking Bad y Better Call Saul nunca se repite, sino que evoluciona como un científico loco con un presupuesto de streaming.

Una mujer al borde de un ataque de nervios

Carol no es una heroína trágica, sino una neurótica lúcida. Seehorn construye a esta mujer con una mezcla de sarcasmo, vulnerabilidad y fastidio que bordea lo sublime. Su compañera de vida y agente, Helen (Miriam Shor), actúa como contrapunto: práctica, afectuosa, resignada a la nueva normalidad. Entre ambas se genera un duelo silencioso que sostiene buena parte del primer tramo. En especial, cuando descubren que en un mundo donde la euforia es norma, el desencanto se convierte en resistencia.

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El universo de Pluribus recuerda a una zona intermedia entre The Twilight Zone y The Leftovers, con un toque de ironía digna de Mrs. Davis. Pero a diferencia de esas series, Gilligan no se preocupa por ofrecer respuestas místicas. Su ciencia ficción se siente artesanal, íntima, más interesada en el desconcierto que en el espectáculo. La pregunta que impulsa el relato no es qué ocurrió, sino por qué seguimos queriendo entender algo que quizá ya no necesita explicación.

La serie juega con la paradoja de un fin del mundo apacible. Los desastres aquí no arrasan edificios o ciudades. La catástrofe se disfraza de armonía global. Así que Carol se convierte de inmediato en una anomalía, una figura incómoda que se niega a unirse a las masas infinitamente felices y despreocupadas. Su aislamiento se vuelve un espejo de las obsesiones que Gilligan adora retratar: el personaje que lucha contra una verdad universal por puro instinto. Como Walter White fabricando imanes o Saul Goodman ideando estafas, Carol pelea contra lo inevitable: el contagio de la paz.

Más allá de la ironía en ‘Pluribus’

La dirección del propio Gilligan en el piloto marca el ritmo: lento, envolvente, con esa mezcla de ironía y ternura que define su estilo. El desierto de Nuevo México vuelve a ser su escenario preferido, aunque aquí ya no representa al mundo del crimen, sino una suerte de purgatorio soleado. Visualmente, la serie alterna el brillo artificial del bienestar con paisajes áridos que parecen devorar a los pocos inconformes.

El montaje evita el caos visual típico del género. En lugar de efectos o grandes revelaciones, Gilligan apuesta por la incomodidad prolongada. La felicidad global se muestra como un filtro de Instagram que todo lo distorsiona, y el resultado es más inquietante que cualquier monstruo de ciencia ficción. La puesta en escena sugiere que lo verdaderamente alienígena podría ser, simplemente, la serenidad.

En su fondo más político, Pluribus se disfraza de parábola sobre el control social. No hay dictadores ni algoritmos: solo una humanidad que, espontáneamente, se vuelve dócil. El título, tomado del lema E pluribus unum, funciona como broma y advertencia. Lo que antes significaba unidad nacional, aquí se convierte en uniformidad emocional. Gilligan no sermonea, pero deja preguntas suspendidas: ¿qué perdemos cuando dejamos de sentir dolor? ¿Cuánto vale la libertad en un mundo donde nadie desea nada?

Esta ambigüedad es lo que da oxígeno a la serie. En cada episodio, se percibe una duda moral disfrazada de sátira: ¿quién está realmente enfermo, los felices o la única infeliz? Pluribus no toma partido, y ahí radica su potencia. Al público, le deja el trabajo sucio de decidir si Carol es una mártir del individualismo o una ególatra incapaz de rendirse ante la calma. Una cuestión que la serie no resuelve aún —y que, quizá, no lo haga— y que se convierte en el punto central de su disparatada premisa.


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