En el Estadio Azteca, el mismo lugar donde comenzó a escribir su historia con la Selección Mexicana hace más de dos décadas, el arquero de 40 años vivió uno de los momentos más emotivos de su carrera. Javier Aguirre envió a la cancha al arquero en los últimos minutos del triunfo de México sobre Chequia, le entregó el gafete de capitán y dejó que el estadio hiciera el resto: miles de aficionados puestos de pie para despedir a uno de los futbolistas más importantes que ha tenido el país.
Más allá de los récords, el homenaje fue un reconocimiento a una carrera que marcó a varias generaciones.
Porque hablar de Memo Ochoa es hablar de un futbolista que nunca dejó de insistir. Estuvo en seis Copas del Mundo, un logro reservado para muy pocos en la historia del fútbol. Fue suplente en Alemania 2006 y Sudáfrica 2010, pero jamás dejó de trabajar.
Brasil 2014 cambió su historia para siempre, aquel partido con atajadas que parecían imposibles, lo convirtió en un referente internacional. Después llegaron Rusia 2018, Catar 2022 y finalmente el Mundial de 2026, donde decidió aceptar un rol distinto, pensando primero en el equipo que en el protagonismo. Quizá eso es lo que mejor define su legado.

